… y la luna se metió en mi cama

Me gustaría tener explicación para todo, pero reconozco que me es imposible. Hay insondables fuerzas en el universo que, a veces, se empeñan en fragmentar en mil pedazos las voluntades y las mentes más científicas con apariciones o insinuaciones que no pueden explicarse.

Nunca me ha gustado aislarme por completo de la madre Naturaleza y quizá, por eso, siempre he dormido sin persianas ni cortinas que me pudieran desconectar totalmente del mar, del cielo o de la tierra. Y por esta manía, esta noche, la luna llena se ha colado por mi ventana y me ha despertado. La noté algo enfadada… y no tuve más que mirarla fijamente unos segundos para saber el por qué…, lo he vuelto hacer y, juro, que ha vuelto a ser sin intención. Hacía apenas un par de horas que había acabado el próximo artículo que publicaré en una de las revistas en la que colaboro en el que hablo (mejor dicho, tiro abajo) las supersticiones de un pueblo indígena sobre la mágica influencia que produce la luna llena sobre los tiburones ballena –permitidme que de esto no cuente más hasta que se publique el reportaje-…, y creo que esto es lo que no le ha hecho ninguna gracia. No me ha dejado pegar ojo hasta que le he prometido contaros una de esas preciosas leyendas que aprendí hace mucho tiempo en África y que explican muchas cosas sobre la luna, el mar, y las fuerzas de la naturaleza. 

Hijos del Sol y la Luna

Una antigua leyenda yoruba del Reino de Dahomey (históricamente conocido por su feroz ejército de mujeres guerreras vírgenes y que, actualmente, se ha convertido en la República africana de Benín) recuerda aquellos lejanos tiempos en que el Sol y la Luna paseaban juntos su amor por la cúpula celeste.

Dicen que en aquél tiempo el cielo se encendía como el mismísimo fuego cuando ambos se fundían en un solo astro, presos de la pasión y el deseo. Fruto de estos continuos encuentros astrales nacieron millones de hijos que no eran más que el reflejo de la desbordante felicidad que el Sol y la Luna mostraban sin disimulo a todo el Universo. Ellos, los pequeños, siempre estaban alborotando alrededor de ambos acrecentando, más si cabe, la dicha de sus padres.

Sin embargo, su desbordante felicidad provocó la envidia del dios supremo yoruba, Oludumaré, que envió a su fiel servidor Orduduwá a la Tierra para poner orden a una situación que ponía en evidencia la vida de intrigas y deslealtades que caracterizaban por entonces el reino de los dioses.

Orduduwá, maestro de las sombras, utilizó su vudú y les maldijo para toda la eternidad. Les condenó a reinar mundos opuestos, él el de la luz y ella el de la oscuridad, condenándoles a no verse jamás, convirtiendo así su amor en algo imposible.

Pero, no todas las divinidades del mundo yoruba vieron bien aquél gesto del ser supremo. Las diosas Oshún, del Amor, y Oiá, del Viento, se apiadaron de los desdichados amantes y, en un intento de aliviar su maldición y que ambos, al menos, mantuvieran cerca a sus hijos, arrojaron a éstos a las vacías aguas del mar para que las poblaran. Uno a uno los millones de vástagos fueron cayendo a los océanos y, al tocar el agua, los varones se fueron convirtieron en sublimes peces y ellas, las hembras, en preciosas y dulces estrellas de mar….  y la vida brotó por primera vez en nuestro vacío y triste planeta.

El Sol y la Luna ya no pueden fundirse en un solo ser como antaño, pero siguen iluminando con orgullo a todos sus vástagos, incluso, bajo las aguas del profundo océano.

¡Larga vida a los océanos!

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